lunes, 25 de diciembre de 2017

En la oscuridad de tus ojos, menguante la luna. 
Suben y bajan las mareas, mis dedos, tus dunas. 
Tu pecho y mi anhelo de lluvias claras. 
Mis piernas descalzas de orgullo, tus mejillas sonrosadas.
Besan mis palmas tus hombros sobre el calor de tu cuerpo, calientan mis dedos tu ombligo. 
Me dejo llevar, donde vas, yo te sigo.

jueves, 21 de diciembre de 2017

A veces quiero correr, huir muy lejos.
Luego recuerdo que soy asmático y fumador desde los trece y pienso que mejor en avión.
Muy lejos.
Muy solo.
A cualquier otra parte.
Donde no sepan mi nombre,
donde por fin me presente a mí mismo con nombre y apellidos.
Desnudo frente a un espejo.
Empezar a llevarnos bien, yo conmigo mismo.
Y es que son muchas oportunidades las que he desperdiciado por miedo.
Por dolor.
Por amor.
Por respeto.
“Me quiero ir…”
“Cuando pueda nos vamos… Te lo prometo.”

“Aún sigues sin entenderlo.”

sábado, 9 de diciembre de 2017

Son las cinco de la tarde y ya atardece. Me siento raro, estoy tumbado en el sofá viendo las nubes por la ventana mientras escucho Bon Iver. Me siento raro porque por primera vez en un tiempo, la única presión que tengo en el pecho es la de la bronquitis que estoy cogiendo, no la ansiedad habitual. Las canciones pasan, todas parecen iguales pero me da igual, aún no sé cómo, pero han conseguido calmarme. Por un momento me he sentido atemporal, como cuando escucho a Lana y me dejo, entre finas telas, balancear por los acordes de sus canciones. No me falta el aire. No me falta el humo. Será que haber llorado después de tanto tiempo me ha limpiado hasta los capilares. Llevo tantos meses repitiendo que estoy agobiado que ahora se ha convertido en una muletilla. “Hola, estoy agobiado, me llamo Juan Antonio, pero mejor no me llames, porque no tengo tiempo para soportar tus mierdas, las mías y todo lo que esta mierda de vida me ofrece. Estoy agobiado, ¿lo he mencionado ya?” Y me levanto autómata y no pienso en 10 minutos más, ni en que acabe este día, ni el siguiente. No pienso en el futuro porque he asumido que no lo hay. Y a la vez me agobia el futuro en el que no pienso. También me agobia salir, entrar, llegar e irme. Me da miedo el desorden. Me inquieta la paz. Quizá me fuese mejor si pensase que soy menos inteligente de lo que creo. Ceder ante la mediocridad. Al fin y al cabo, no todos nacemos para ser alguien. Aún hay gente que piensa que intento huir. Que me arrepentiré y volveré. Que la tierra nos llama. Y lo que no comprenden es que yo ya me fui hace varios años en busca de la única verdad que todos aceptamos como tal. Y aún no he vuelto. Y nunca volveré. Por lo menos tengo estos momentos de lucidez en los que escribir no mueve mi pecho. Siguen en la ventana unas nubes cada vez más negras. Cada vez más cerca.

lunes, 28 de noviembre de 2016

No hay nada peor que recordar de dónde vienes con el aire frío. 
Recordar cómo subías con las brisas del verano a las nubes hasta llover en la rabia de una precipitación torrencial.
Cuando llega el invierno, precipitarse es lo fácil y lo doloroso. 
Dejarse caer, flotar, balancearse o estrellarse contra el suelo. 
Hay copos fugaces que se posan sobre la punta de mi nariz, copos que aguantarán los fríos mejor que yo. 
Lo que pasa con la nieve son dos cosas: o se va con el sol de la mañana, o se solidifica creando bloques de hielo. 
El temporal no amaina desde hace meses y el sol trabaja el doble para derretir la nieve de mi ventana.
Pero, ¿y si mañana no sale el sol? 
¿Y si me dejo caer?
¿Y si me precipito? 
¿Qué pasará, sol, si mi corazón empieza a congelarse?

miércoles, 25 de noviembre de 2015

Noventa, presión y depresión.

Duermo en una cama de noventa.
Duermo en una cama de noventa, en las que podría dormir.
Duermo en una cama de noventa, en las que podría, o no, dormir.
Duermo en una cama de noventa sueños que se repiten.
Duermo en una cama de noventa sombras que acarician al viento que suda en mi espalda.
Duermo en una cama de noventa y seis. Con sus pesadillas intactas, y sus sueños aislados bajo la colcha.
Duermo en una cama de noventa, y descarto las ochenta y nueve siguientes por dormir contigo.
Duermo en una cama de noventa en la que me despierto solo.
Duermo en una cama de noventa en las que me despierto solo.
Duermo en una cama de noventa días sin querer levantarme.
Duermo en una cama de noventa voces que me dicen levántate.
Duermo en una cama de noventa voces que me dicen no, hoy no va a ser el día. Vuelve a dormir.
Duermo en una cama de noventa veces que me falta la respiración por seguir en la cama.
En una cama.
No duermo.
No duermo en una cama de noventa.
Y estoy seguro de que no dormiré en ninguna de noventa.

domingo, 15 de noviembre de 2015

De mis noches más claras
veo en la luz.
Y cada vez son más claras 
desde que estás tú.
De mis noches más oscuras
veo en la oscuridad.
Y cada vez veo más, 
cuando tú no estás.

domingo, 13 de septiembre de 2015

Se acerca el día y ya no te recuerda el viento.
Se acuerdan de ti las campanas una vez al año, yo todos los días… 
Y es que a una persona como la que fuiste tú, y hoy sigues siendo para mí, es difícil de olvidar.
Me acuerdo de ti… 
De tus arrugas, de tu risa, de tu manera de abrazarme y de tu querer.
Pero ya casi no nos recuerdo juntos…
No me acuerdo de tu olor y eso me duele. 
No me acuerdo de tus caricias...
Me duele. 
Me duele haber olvidado algo tan importante, tan solo porque no lo tengo todos los días.
Rabio cada vez que juego a las cartas y las cojo con la mano izquierda… Rabio porque no te tengo delante para llamarme zocato.
Es rabia, es dolor, pena y desesperación saber que nunca más me vas a llamar zocato.
Que nunca me vas a hablar, ni abrazar, ni echar de menos cuando me vaya.
Nunca volveré a saber lo que se siente al salir de tu casa despreocupado y sin echarte de menos en la ida, porque pensaba, tonto… Tonto… Pensaba que siempre ibas a estar. 
Y ya no estás, abuela.
No…
Y el mundo no puede sujetarme cuando grito a solas que te echo de menos.
No hay paredes que me contengan a la hora de volar hacia ti, pero no se despliegan mis alas.
Abuela, estoy llorando.
Estoy llorando y de nada me sirve si no enjugas mis lágrimas.
Puedes volver…, ¿por favor? 
Que se me hacen las noches cada vez más oscuras y tengo miedo.
Tengo miedo abuela, no quiero perder a nadie más.
No estoy preparado para esto.
Nadie está preparado para echar de menos a alguien tanto como te echo de menos yo.
Cada vez estoy mas roto, y necesitarte no ayuda. 
Echarte de menos me rompe y me arregla a la vez.
¿De qué habla la fe, si no me ayuda a acercarme a ti?
Me siento estúpido suplicando un minuto más contigo, como si fuese un crío que no quiere madrugar, como si fuese tan fácil. 
Como si fuese posible…
¿Me has olvidado tú? ¿Puedes olvidarme?
Ya me advertiste de que esto iba a pasar y yo no quise escucharte: “la abuela se va…”. 
Y yo solo te cogí la mano y te dije que nunca dejaría que eso pasase.
Y aquí me tienes, incapaz de haber cumplido la promesa más importante de mi vida. 
¿Cómo espera la gente que cumpla sus absurdas exigencias si no pude salvarte a ti?
A ti, pilar de mi mundo y alma de mi cuerpo. 
A ti no pude salvarte, y ahora no puedo salvarme a mí mismo de reprochármelo todos los días.
Que se ha ido la puta luz de mi vida, JODER.
QUE SIN TI NO SOY NADA.
QUE TE QUIERO.
QUE TE ECHO DE MENOS.
Que te necesito aquí, abuela…
Te necesito. 
Estás muerta joder, ¿QUÉ COJONES SIGNIFICA ESO?
NO ME PARECE BIEN JODER, NADIE ME HA PREGUNTADO SI ESTABA PREPARADO PARA ESTA HOSTIA, NADIE TE DIO PERMISO PARA IRTE, NO DIJISTE NADA.
Vuelve de inmediato y explícame por qué era ese tu momento de partir, porque no entiendo por qué no te quedaste para estar conmigo.
No entiendo esta puta mierda de vida, que me dio a alguien como tú para luego apartarte de mi camino sin ni si quiera avisar.
Y esto es egoísta e irracional, como lo es esta puta vida en la que me ha tocado vivir ahora que no estás.